domingo, 28 de marzo de 2021

El valle de la cafeína

 

“El problema del uso y abuso continuo de energizantes y estimulantes es que el estudiante empieza a naturalizar eso como su rendimiento normal. Esto no solo significa que, si alguien tiene que consumir 3 litros por día de energizantes para poder "sostener" su cursada, está ya muy por fuera de su rendimiento natural, sino que el peligro de asumir que ese es su rendimiento natural y seguir exigiendo cada vez más”.

 

Jaulas y palomas

Recuerdo la primera vez que tomé café. Tenía 15 años y corría por unos pasillos llenos hasta el techo con jaulas de palomas. Guille, un conocido, me había conseguido una changa en el torneo de (supongo) una sociedad colombófila. Una de esas cosas que los adultos ofrecen de forma espontánea a los adolescentes para darles la oportunidad de hacer unos pesos y de empezar a tener experiencias reales en el misterioso mundo del trabajo. Me presenté muy temprano por la mañana sin tener una idea concreta de lo que se suponía que debía hacer. Recuerdo que había una mesa pequeña donde unos hombres viejos —el jurado— examinaban en una única y aburrida mirada las palomas que les llevábamos y anotaban unos puntajes en unos anotadores grasientos. Para mí todas las palomas se veían iguales.  A media mañana nos dieron, a mí y al otro muchacho que colaboraba, una taza de café fuerte. En ese momento todavía prefería la chocolatada, como mucho algún té. Mi madre, cuando era pequeño, siempre se había negado a darme café porque, según ella, al no tener el hábito, podía hacerme doler el estómago. Aunque conocía el sabor del café por unos caramelos masticables, tomarlo me daba lo mismo.


Jugada arriesgada

También recuerdo la primera vez que hice uso y abuso del café. Cuando cursé periodismo y tuve que enfrentarme al desafío real de cursar muy temprano por la mañana sin que nadie me despertara, opté por un estilo de vida atravesado por la trasnoche y por ir a clases sin dormir. Como señala Trent, el bohemio personaje de la serie Daria, es mucho más fácil pasar la noche en vela que madrugar. Durante esa etapa comencé a beber regularmente café. El punto de inflexión lo provocó Laura C., una excelente profesora de Filosofía que tuve cuando cursaba la licenciatura en Comunicación Audiovisual. Ella tenía un extraño principio pedagógico: no dar por válida ninguna respuesta menor a una carilla de hoja de cuaderno. Precisamente por eso tuve que rendir recuperatorio de un examen parcial. Mis respuestas, aunque en rigor correctas, no tenían una extensión digna del enciclopedismo universitario. Claro que eso quizás tuviera más relación con el hecho de tener una letra muy pequeñita y de usar cuadernos con hojas cuadriculadas. Una compañera, que me reconoció en privado haber inventado buena porción de sus respuestas, se había sacado un 10/10: había escrito no menos de una docena de páginas rayadas con una inmensa letra de imprenta. Así, para rendir el recuperatorio no tuve mejor idea que tomarme una jarra y media de café instantáneo (el único café que me preparaba en ese momento). Entre los temblores de la taquicardia, logré escribir una bendita hoja por respuesta sin traicionar mi estilo caligráfico y notacional. Aprobé la materia con un 8/10.

 

Subterfugios y madrugada

Después de más de diez años recorriendo universidades, cinco carreras terminadas y dos en curso, forjé un vínculo muy personal con la cafeína. Aborrezco profundamente la cafeína y, sin embargo, no puedo dejar de beberla. He escrito cuentos breves sobre la cafeína, incluso una obra de teatro. He experimentado la alquimia cafeínica al punto de preparar (y beber) litros de café de grano disuelto en Speed y endulzado con Coca Cola. Cada vez que me convencí de haber tocado el fondo del abismo de la irresponsabilidad, descubrí cómo, siempre, hay un abismo de degradación más profundo en la desazón de la duermevela.

Cuando se es un estudiante indisciplinado que, por si fuera poco, cabalga sobre una identidad de adolescente tardío construida sobre estereotipos románticos de intelectualoide, el rendimiento no es tan importante como la obtención de resultados. Cada parcial con redacción ornamentada, cada final aprobado con holgura, cada entrega final salvada en una noche, cada bloque de texto leído, comprendido y resumido confirman que mi rumbo de estudiante kamikaze no necesita ser corregido. No mientras el mágico café me permita, noche tras noche, sentirme un instrumento afinado. El café moldea, en ese recorrido, la quimera por excelencia del estudiante: la idea errónea y naturalizada de que nuestro "rendimiento normal" es ese rendimiento que tenemos bajo los efectos profundos de la cafeína.  La única conclusión lógica resultante es que el acto de exigirnos más implica, por necesidad, descender a un nuevo nivel de consumo.

 

Horma de zapato

Hubo un año (2019) en el que crucé la línea de la estupidez. El pesar de un cierto desamor me acechaba en todo momento. Hay un cuento maravilloso del escritor mexicano Juan José Arreola llamado "La migala". En pocas palabras, un hombre trata de anular el dolor provocado por una pérdida al introducir un horror mayor en su vida: soltar una araña mortal en su departamento. Cada uno de los instantes del narrador, antes llenos con recuerdos amargos, eran ahora recorridos “por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible”. El terror de que la araña lo matara era lo que evitaba que se enfocara en su dolor personal. Mi experimento fue recrear algo parecido, pero cursando tres carreras (en una estaba preparando ya la tesina) mientras trabajaba. Durante todo ese año mi existencia se redujo a la de una huella, menos incluso que un fantasma. La cafeína fue, en ese proceso, la columna vertebral de mi sometimiento y mi araña mortal personal. Por día bebía en promedio unos tres litros de café negro que, a veces helado, llevaba a la facultad de Filosofía y Letras en una gran botella de agua mineral. A fin de año, tenía misteriosas y esporádicas arcadas en las que escupía sangre y que me indicaban que cruzado algún tipo de límite. Afortunadamente aprendí la lección y me prometí no volver a cursar más de dos carreras paralelas mientras trabajo, como suelo acostumbrar. Durante mucho tiempo fui incapaz de asomarme a una taza de café sin sentir un rechazo visceral por su contenido.

 

El valle de la cafeína

A mis estudiantes que egresan de secundaria suelo escribirles breves artículos donde abordo cuestiones como los primeros pasos en la vida universitaria, cómo rendir un final, etc. Por fin se me había ocurrido problematizar la cafeína. Específicamente, el problema de la tolerancia progresiva a esta y la cuestión de la construcción de la identidad. Sé que el consumo de sustancias no es algo infrecuente en los pasillos universitarios. Incluso me he cruzado con gente que consumía psicofármacos comprados de manera ilegal para ""potenciar"" su ritmo de estudio. La vida del estudiante es una constante evaluación de costos y beneficios. ¿Por qué alguien pensaría que tomar 3 litros diarios de energizante y vivir constantemente al borde del colapso físico es un costo aceptable? ¿Por una buena nota, por terminar una cursada, por tener un título? Hay detrás un universo de ideas mucho más amplio. Quizás la poca tolerancia que muchos estudiantes tienen con el fracaso académico tiene raíces en esa construcción identitaria mencionada de nerd o intelectual. El parcial desaprobado será entonces una ofensa contra lo que ellos creen que son. Claro que para otros puede ser una cuestión de disciplina personal. Muchos estudiantes nunca se comprometen de forma seria con el desarrollo de una disciplina de estudio. Estudian con muy poco de margen de tiempo y exigiéndose mucho. En ese caso, el consumo de estimulantes resulta un camino que se abraza con naturalidad y que, cada vez que el estudiante aprueba, se termina reforzando. Quizás simplemente le damos muy poco valor a la salud. Quizás pensemos que somos jóvenes y que nunca moriremos.


Son las 5:15 de la mañana. A mi lado no hay más que una taza de café. Por cierto que si un profesor me hubiera advertido sobre esto, yo tampoco le hubiera hecho caso.


Sin otro particular,

Nemo



1 comentario:

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