martes, 2 de mayo de 2017

Tropas del espacio



“Supongamos que la razón humana consigue equilibrar los nacimientos y las defunciones del modo más adecuado a sus propios planetas, y de ese modo reina la paz. ¿Qué ocurre entonces? Porque muy pronto (digamos el miércoles próximo) las Chinches vienen, acaban con esta raza que «ya no quiere estudiar más acerca de la guerra» y el universo se olvida de nosotros para siempre. Cosa que todavía puede suceder. O bien nosotros nos expandimos y borramos a las Chinches, o ellas aumentan en número y nos borran, porque ambas razas son fuertes e inteligentes, y desean el mismo espacio vital”.

La historia transcurre en un futuro donde los humanos somos capaces de navegar por el cosmos gracias al impulso de los motores Cherenkov y la humanidad, no limitada a la Tierra, es ahora la “Federación Terranea” con múltiples colonias en otros planetas. Su autor no se enfocó demasiado en el desarrollo de la tecnología futurística (es una obra de 1959); los soldados que viajan por la galaxia se escriben cartas en papel y, salvo por las naves espaciales, avanzados exoesqueletos militares y perros modificados genéticamente (neoperros), es una sociedad menos tecnológica que la contemporánea. 

¿En qué se enfoca Heinlein a lo largo de las más de doscientas páginas de su novela? Básicamente en exponer y argumentar una postura ideológica promilitarista (que es lo que hizo tan polémico su libro). Tres cuartos de novela nos cuentan los pasos de su protagonista (Johnnie Rico) desde el momento en que decide enrolarse en el Servicio Federal, su paso por el Campamento Arthur Currie para formarse como infante móvil y luego por la escuela de oficiales. Son contadas las ocasiones en las que se narra una verdadera batalla (las más memorables son dos y técnicamente ni siquiera fueron batallas); por lo general sabemos de ellas por insinuaciones del mismo Rico o de otros personajes.

Heinlein está más preocupado por abordar conflictos morales; por ejemplo el de una colonia terrestre donde las condiciones ambientales impedían que la evolución humana continuara su curso y qué clase de responsabilidad social tenían las personas que decidieran vivir ahí o incluso el nivel de responsabilidad social que tiene un instructor de la infantería al permitir, en un descuido, que un recluta lo golpeé, sabiendo que esa falta podría llevar al recluta a la muerte por juicio militar.
 


Hay circunstancias en que puede ser tan estúpido atacar una ciudad enemiga con bombas H como lo sería abrirle la cabeza un niño con un hacha. La guerra no es, pura y simplemente, violencia y muerte; la guerra es la violencia controlada por un propósito. El propósito de la guerra consiste en mantener por la fuerza las decisiones de tu gobierno. El propósito no es más el enemigo sólo por el hecho de matarle, sino obligarle a hacer lo que tú quieres que haga. No la muerte, sino la violencia controlada y con propósito. Ahora bien, es asunto tuyo, y mío, decidir el propósito o el control. Jamás corresponde un soldado es decidir cuándo, dónde o cómo (o por qué) está luchando; eso corresponde a los estadistas y generales. Los estadistas deciden por qué y hasta qué punto; a partir de ahí, los generales nos dicen dónde, cuándo y cómo. Nosotros nos encargamos de la violencia; otras personas, “mentes más viejas y más sabias” según dicen, se encargan de control. Como debe ser. Es mejor respuesta que puedo darte. Si no te satisface, te daré una notita para que vayas hablar con el comandante del regimiento. Si él no consigue convencerte, entonces ¡vete a casa y sé un paisano! Porque, desde luego, en ese caso jamás serás un buen soldado.

El recurso de formular preguntas retóricas y responderse a sí mismo con la voz de otro personaje es una constante en Heinlein. El padre de Rico, por ejemplo, comienza siendo alguien que critica el Servicio Federal como “parasitismo puro”… pero finalmente logra abrir los ojos y sigue a su hijo enrolándose como soldado, para dar su vida por la Federación. 


Hijo, no creas que no te comprendo. Pero entiende bien la realidad. Si hubiera una guerra, yo sería el primero en enviarte a ella y transformar el negocio en producción bélica. Sin embargo, no la hay y, si Dios nos ayuda, nunca le habrá otra vez. Hemos vencido a las guerras. Éste planeta es ahora pacífico feliz, y disfrutamos de relaciones bastante buenas con los demás planetas. Así pues, ¿a qué se reduce este llamado “Servicio Federal”? A parasitismo; puro y simple parasitismo. Un organismo sin función, anticuado por completo, y que vive de los contribuyentes. Un estilo de vida decididamente caro, para gentes inferiores que de otro modo no tendrían empleo, y que así viven a expensas del pueblo unos años para dárselo importancia durante el resto de su vida. ¿Es eso lo que quieres hacer?

En la Federación Terranea los ciudadanos (los que poseen derechos políticos) son aquellos que han prestado servicio enrolándose por dos años (a menos, por supuesto, que estallara una guerra o que el Estado determinara que sus servicios son requeridos). En un diálogo en la escuela de oficiales se le pregunta a un recluta por qué cree que el sistema funciona de esa manera. 

La idea fundamental (y aparentemente obvia) es la siguiente:
“Voy a declarar lo que es obvio: bajo nuestro sistema, todo votante, y todo el que tiene un cargo, es un hombre que ha demostrado, en el servicio voluntario y difícil, que pone el bienestar del grupo por encima de sus ventajas personales”.

Esta sociedad, según la soñó Heinlein, prácticamente no conoce la inseguridad o la corrupción, ha desarrollado además una teoría científicamente comprobable de los valores morales que puede guiarnos en nuestras relaciones interpersonales o incluso interespaciales.



Recordé una discusión en clase de historia y filosofía moral. Dubois hablaba sobre los desórdenes que procedieron al colapso de la República de Norteamérica, allá en el siglo XX. Según él, antes de que todo se viniera abajo un periodo en el que crímenes como el de Dillinger (un desertor que había matado a una niña) eran tan corrientes como las peleas de perros. El Terror no sólo se hallaba implantado en Norteamérica; Rusia y las Islas Británicas lo sufrían también, así como otros países. Pero llegó al colmo de Norteamérica poco antes de que la civilización se hiciera pedazos.
Las gentes cumplidoras de la ley nos había dicho Dubois apenas se atrevían a pasear en un parque público por la noche. Hacerlo suponía correr el riesgo de verse atacado por jóvenes salvajes armados con cadenas, cuchillos, pistolas de fabricación casera o porras, y como mínimo resultar herido, robado con toda seguridad o quedar inválido de por vida, o muerto incluso. Tal estado de cosas duró muchos años, hasta que estalló la guerra entre la Alianza ruso-anglo-americana y la Hegemonía china. El asesinato, el vicio, las drogas, el robo, los asaltos del vandalismo estaban a la orden del día. Y no sólo de los parques, sino también en las calles y a plena luz del día, en los alrededores de las escuelas, incluso en el interior de las mismas. Pero los parques, sobre todo, eran tan peligrosos que las gentes honradas se alejaban de ellos en cuanto caía la noche.
Yo había intentado imaginar que aquello ocurriera en nuestras escuelas, y sencillamente no había resultado imposible. Ni nuestros parques. Un parque era un lugar para divertirse, no para que te atacaran. En cuanto a que te mataran en uno de ellos…
Señor Dubois, ¿acaso no tenían policía? ¿Y tribunales?
Tenían mucha más policía de nosotros. Y más tribunales. Y todos sobrecargados de trabajo.
Entonces no lo entiendo.
Si un chico de nuestra ciudad hiciera algo semejante, él y su  padre serían azotados, uno junto a otro. Mas estas cosas no ocurrieron ahora. Dubois decidió entonces:
Defina a un «delincuente juvenil».
Pues… Uno de esos chicos que solían pegar a la gente.
Mal
¿Cómo? Pero libro dice…
Discúlpeme. El texto dice así. Sin embargo, llamar rabo a una pata no hace que el nombre encaje. «Delincuente juvenil» es una contradicción de términos, que expresa la clave del problema y el fallo en resolverlo. ¿Ha criado alguna vez un cachorro?
Sí, señor.
¿Le enseñó a comportarse bien dentro de casa?
Pues… Sí, señor. Precisamente, mi lentitud en domesticarlo fue lo que hizo que mi madre decidiera al final que los perros debían estar fuera de casa.
¿Si? Y cuando su perrito cometía algún error, ¿se enojaba usted?
¿Por qué? Él no sabía hacerlo mejor. solo era un cachorro.
¿Qué hacía usted?
Bueno, le reñía, le frotaba el morro con aquello y le da unos golpes.
Con toda seguridad el no comprendía sus palabras.
No, pero si veía que yo estaba riñendo.
Sin embargo, acaba de decir que usted no estaba furioso.
Dubois tenía un modo muy molesto confundirle a uno.
No, pretendían hacerle pensar que lo estaba. Había de aprender, ¿No?
Concedido. Pero, si ya había quedado bien claro que usted desaprobaba aquello, ¿cómo podía ser tan cruel como para pegarle además? Usted dijo que el pobre animalito no sabía que obraba mal. No obstante, le hacía daño a propósito. ¡Justifíquese! ¿O acaso es un sádico?
No sabía entonces lo que era un «sádico», reconocía a los cachorros.
Señor Dubois, ¡el caso que hacerlo! Primero le riñes para que sepa que ha hecho algo malo, luego le metes el morro en la portería para que sepa a qué te refieres y le pegas para que no vuelva hacerlo otra vez. Y hay que hacerlo enseguida. No sirve de nada castigarle más tarde; eso sólo le confunde. Incluso así, el cachorro no prende con una sola lección; de modo que se le vigila y se le coge otra vez y se le pega aún más. Pronto aprende. Pero limitarse a reñirle es una pérdida de tiempo. Entonces añadí: supongo que nunca ha educado cachorros.
Muchos. Ahora estoy creando un pachón… Según sus métodos. Volvamos a esos criminales juveniles. Los peores eran algo más jóvenes que ustedes, los de esta clase, y con frecuencia habían empezado de niños su carrera fuera de la ley. No nos olvidemos de ese cachorro. Los chicos eran capturados a menudo. La policía los arrestaba a puñados a diario. ¿Les reñían? Sí, y a veces con severidad. ¿Les frotaban el morro en lo que habían hecho? Raras veces. La prensa y los organismos oficiales solían mantener sus nombres en secreto; en muchos lugares, así lo exigía la ley para los criminales menores de 18 años. ¿Les pegaban? ¡Por supuesto que no! A la mayoría no les habían pegado ni de niños. Había una teoría, y muy extendida, según la cual los golpes, o cualquier castigo que supusiera dolor, causaban al niño un daño psíquico permanente. (Pensé entonces que sin duda mi padre jamás había oído hablar de esa teoría). El castigo corporal en las escuelas estaba prohibido por la ley. Los azotes, como sentencia de un tribunal, sólo se permitían en una pequeña provincia, Delaware, y únicamente por algunos crímenes, y rara vez se llevaban a efecto. Estaban considerados como un castigo «cruel y extraordinario». Aunque un juez haya de ser benévolo en sus propósitos, su sentencia ha de hacer que el criminal sufra o no hay castigo, y el dolor es el mecanismo básico, innato en nosotros merced a millones de años de evolución, que nos salvaguarda al avisarnos de que algo amenazan nuestra supervivencia. ¿Por qué ha de negarse la sociedad a utilizar un mecanismo de supervivencia tan altamente perfeccionado? Sin embargo, ese periodo estaba dominado por las teorías pseudopsicológicas y precientíficas. En cuanto a lo de «extraordinario», el castigo debe ser extraordinario, o no sirve a sus propósitos. Entonces señalo a otro chico con el muñón: ¿qué ocurriría si a un cachorro se le pegara cada hora?
Pues… Probablemente le volveríamos loco.
Probablemente. Desde luego, no le enseñaríamos nada. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que el director de esta escuela tuvo que azotar a un alumno?
No estoy seguro, unos dos años. El chico había robado…
No importa. Es suficiente tiempo. Significa que tal castigo resulta tan extraordinario como para tener un gran significado, e instruir. Volviendo a aquellos jóvenes criminales…, probablemente no les pegaban de niños; desde luego, no les azotaban por sus crímenes. La secuencia normal era: por una primera ofensa un aviso, una reprimenda, a menudo sin juicio. Después de varias ofensas, una sentencia de confinamiento, pero una sentencia que podía suspenderse mientras el chico quedaba en libertad a prueba. Podía ser arrestado varias veces, incluso condenado varias veces, antes de ser castigado, un castigo que consistía simplemente en encerrarlo con otros como él, de los que aprendían más hábitos criminales. Si no se metía en líos durante su encierro, generalmente podía librarse de más de la mitad de la condena saliendo a prueba “bajo palabra”, según la fraseología de la época. Esta secuencia increíble duraba años y años, mientras sus crímenes aumentaban en frecuencia y maldad, sin más castigos que esos encierros esporádicos, aburridos pero cómodos. Con todo, al cumplir los 18 años, y según la ley, este llamado “delincuente juvenil” se convertía en un criminal adulto. Y a veces, en cuestión de semanas o meses, acababa en la celda de la muerte esperando su ejecución por haber cometido un asesinato. ¡Usted!
Me había señalado de nuevo.
Supongamos que se limita a reñir a su cachorro sin castigarlo nunca, que le deja seguir soltando porquería por la casa, que de vez en cuando le encierra en un edificio exterior, pero vuelve a dejarla entrar pronto en casa diciéndole tan sólo que no lo haga de nuevo. Luego, un día, se da cuenta de que ya es un perro crecido y que sin embargo no está educado para la casa, y usted coge un arma y le mata de un tiro. Comentarios, por favor.
¡Vaya! En cuanto a educar un perro, ese es el modo más absurdo de que oído hablar.
De acuerdo. O a un niño. ¿De quién sería la culpa?
Pues… Mía, supongo.
De acuerdo otra vez. Más yo no lo supongo. Lo sé.
Señor Dubois estalló una chica, pero ¿por qué? ¿Por qué no pegaban a los niños cuando necesitaban, y usaban buenas dosis de correa con los mayores que lo merecía, una lección que jamás olvidaría? Me refiero a los que hacían algo realmente malo. ¿Por qué no?
No lo sé había contestado él secamente, excepto que el método aprobado durante siglos para instilar la virtud social y el respeto a la ley en la mente de los jóvenes no atraía a la clase precientífica y pseudoprofesional, los que se denominaban a sí mismos «asistentes sociales», o a veces «psicólogos infantiles». Era demasiado sencillo para ellos, al parecer, ya que cualquiera podía hacerlo echando mano tan sólo de la paciencia y la firmeza necesarias para administrar un cachorro. A veces me he preguntado si no tendrían intereses creados en aquel desorden, pero es improbable; los adultos actúan casi siempre por «razones elevadas», sea cual sea su conducta.
¡Pero santo cielo! rebatió la chica. A mí no me gustaban las zurras, como a ningún niño; no obstante, cuando la necesitaba, mi madre me daba una. La única vez que me dieron azotes en la escuela recibí otra buena tanda cuando llegué a casa, y eso fue hace años. Confío en que nunca me veré ante un juez que me sentencie a ser azotada; una se porta bien, y esas cosas no ocurren. No veo nada erróneo en nuestro sistema, es mucho mejor que no poder salir a la calle por miedo a que te maten. ¡Cielos, eso es horrible!
Estoy de acuerdo. Jovencita, el trágico error de lo que hicieron aquellas gentes bien intencionadas, en contraste con lo que ellos creían hacer, tiene raíces muy profundas. Porque ellos no tenían una teoría científica de la moral. Si tenían una teoría de valores morales, y trataban de vivir de acuerdo con ella (no debería haberme burlado de sus motivos), pero su teoría era errónea: un cincuenta por ciento de sueños quiméricos y otro cincuenta por ciento de charlatanería racionalizada. Cuanto más ansiosos estaban de obrar bien, más se alejaban de la verdad. Verá, ellos suponían que el hombre tiene un instinto moral.
¿Cómo, señor? Bueno, lo cierto es que si lo tiene. ¡Yo lo tengo!
No querida, usted tiene una conciencia cultivada, y muy cuidadosamente adiestrada. El hombre no tiene instinto moral. No nace con sentido moral. Usted no nació con él, yo no nací con él, como no lo tiene el cachorro. Nosotros adquirimos el sentido moral, si es que lo adquirimos, mediante el adiestramiento, la experiencia y el sudor de la mente. Esos desgraciados criminales juveniles nacían sin sentido moral, igual que usted y que yo, pero no tenían oportunidades de adquirirlo; su experiencia no se lo permitía. ¿Qué es el sentido moral? Es una elaboración del instinto de supervivencia. El instinto de supervivencia está en la misma naturaleza humana, y todo aspecto de nuestra personalidad derivada de él. Todo lo que entra en conflicto con el instinto de supervivencia actúa, más pronto o más tarde, para eliminar al individuo, y por tanto deja de aparecer en las generaciones futuras. Esta verdad es matemáticamente demostrable, y comprobable en todas partes. Es el imperativo eterno que controla todo lo que hacemos. Pero el instinto de supervivencia puede cultivarse en motivaciones más sutiles y mucho más complejas que el instinto ciego y brutal del individuo por seguir vivo. Jovencita, lo que usted llamó «su instinto moral» no es más que lo que le enseñaron sus mayores: la verdad de que la supervivencia puede tener imperativos más fuertes que los de la suya personal. La supervivencia de su familia, por ejemplo. O de sus hijos, cuando los tenga. O de su nación, si seguimos ascendiendo por la escala. Una teoría científicamente comprobable de los valores morales debe estar arraigada en el instinto de supervivencia del individuo, ¡y en nada más!, Y debe describir correctamente la jerarquía de supervivencia, observar las motivaciones a cada nivel y resolver todos los conflictos.
Nosotros disponemos ahora de esa teoría, y podemos resolver cualquier problema moral a cualquier nivel. El propio interés, el deber para con la familia, el deber hacia el país, la responsabilidad hacia la raza humana… Incluso estamos desarrollando una ética exacta para las relaciones extrahumanas. Pero todos los problemas morales pueden ilustrarse con esta cita: «ningún hombre es capaz de más amor que una gata que muere por defender a sus gatitos». Una vez comprendo usted el problema al que se enfrenta esa gata, y cómo lo resuelve, entonces podrá examinarse y descubrir hasta qué punto de la escala moral está dispuesta a subir.
Ésos delincuentes juveniles estaban en el nivel más bajo. Nacidos únicamente con el instinto de supervivencia, la moralidad más elevada a la que llegaban era una débil lealtad hacia los grupos de sus pares, las pandillas callejeras. Pero aquellos «empeñados en hacer el bien» intentaban «apelar a sus mejores instintos», «llegar hasta ellos», «prender la chispa de su sentido moral». ¡Bobadas! Ellos no tenían «mejores instintos»; la experiencia les enseñaba que lo que hacían era su modo de sobrevivir. El cachorro jamás recibió su zurra; por lo tanto, lo que hacía complacer y con éxito debía de ser «moral».
La base de toda moralidad es el deber, un concepto con la misma relación con respecto al grupo que el interés egoísta tiene con respecto al individuo. Nadie predicaba el deber a aquellos chicos de manera que pudieran entenderlo, es decir con una zurra. No obstante, la sociedad en que vivían les hablaba constantemente de sus «derechos».
Y así los resultados hubieran podido predecirse, ya que un ser humano no tiene derechos naturales en absoluto.
Dubois había hecho una pausa. Y alguien mordió el anzuelo.
¿Señor? ¿Qué opina entonces de lo de «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad»?
Ah, sí, «los derechos inalienables». Cada año hay alguno que cita esa poesía magnífica. ¿La «vida»? ¿Qué derecho a la vida tiene un hombre que se está ahogando en el Pacífico? El océano no se apiadará de sus gritos. ¿Qué «derecho» a la vida tiene el hombre que debe morir si ha de salvar a sus hijos? Si él prefiere salvar la suya, ¿lo hará por cuestión de «derechos»? Si dos hombres están muriéndose de hambre, y el canibalismo es la única alternativa frente a la muerte, ¿a cuál de los dos pertenece ese «derecho inalienable»? ¿Y es de verdad un «derecho»? En cuanto a la libertad, los héroes que firmaron aquel gran documento se comprometieron a comprar la libertad con su vida. La libertad jamás es inalienable; debe redimirse con regularidad con la sangre de los patriotas, o se pierde para siempre. De todos los llamados «derechos humanos naturales» que se han inventado, la libertad es el más caro, desde luego, y jamás será gratuito.
Y respecto al tercer derecho, la «búsqueda de la felicidad», en realidad si es inalienable, pero no es un derecho; es, sencillamente, una condición universal que los tiranos no nos pueden arrebatar, ni los patriotas restaurar. Tanto si me meten en una celda como si me queman en la hoguera o me coronan rey, yo puedo seguir «buscando la felicidad» mientras mi cerebro viva; mas ni los dioses, ni los santos, ni los sabios, ni las drogas sutiles pueden asegurar que la consiga.
Entonces Dubois se volvió hacia mí:
Dije antes que «delincuente juvenil» era una contradicción de términos. «Delincuente» significa que ha fallado en el cumplimiento del deber. Ahora bien, el deber es una virtud de adultos. En realidad, un joven sólo se hace adulto cuando adquiere un conocimiento del deber y lo abraza con afecto idéntico al amor que ha sentido por sí mismo desde que nació. Nunca hubo, ni pueda haber, un «delincuente juvenil». Por otra parte, por cada criminal joven hay siempre uno o más delincuentes adultos, gentes maduras que o no conocen su deber o, conociéndolo, fallan en cumplirlo. Y ese fue el punto débil que destruyó lo que durante muchos años fuera una cultura admirable. Los gamberros que asolaban las calles eran síntomas de una grave enfermedad; sus ciudadanos (todos eran ciudadanos entonces) glorificaron su mitología de los derechos… Y se olvidaron por completo de sus deberes. Ninguna nación así constituida es capaz de perdurar.



Siempre había estado insistiendo en «el valor», comparando la teoría marxista con la teoría ortodoxa de «el uso». Dubois había hecho:
Por supuesto, la definición marxista del valor es ridícula. Por mucho esfuerzo y trabajo que uno ponga ello, jamás conseguirá convertir una tarta de barro en una tarta de manzana; seguirá siendo una tarta de barro, que nada vale. Y como corolario, el trabajo más realizado fácilmente puede restar valor: un cocinero sin talento puede transformar unas manzanas frescas y valiosas en algo incomible, que nada vale. Y a la inversa, un gran chef es capaz de realizar, con esos mismos materiales, algo de valor superior a la tarta de manzana ordinaria, sin más esfuerzo que el que realiza un cocinero vulgar para preparar un post de corriente. Estos ejemplos de cocina tiran por tierra la teoría marxista del valor, su falacia de la que se deriva ese gran fraude que es el comunismo, e ilustran la verdad de la definición que se mide en términos de uso, tan de sentido común.
¡Usted! Si no es capaz de escuchar, quizá pueda decirle la clase sin valores relativo, o si por el contrario es absoluto.
Yo había estado escuchando, pero no veía razón alguna para no escuchar con los ojos cerrados y en una postura cómoda. Sin embargo, su pregunta me cogió desprevenido. No había leído la lección de aquel día.
Absoluto contesté al azar.
—Se equivoca dijo fríamente. El «valor» no tiene significado si no es en relación con los seres vivientes. El valor de una cosa siempre es relativo a una persona en particular. Es algo completamente personal y distinto en cantidad para cada ser humano. Lo de «valor en el mercado» espacio es una ficción; no es más que la suposición calculada de los valores personales medios, todos los cuales han de ser cuantitativamente distintos, o el comercio sería imposible. (…) Hay una antigua canción que asegura que «las mejores cosas de la vida son gratuitas». ¡No es cierto! ¡Es totalmente falso! Ésa fue la falacia trágica que produjo la decadencia y el colapso de las democracias del siglo XX. Esos nobles experimentos fallaron porque se había hecho creer a la gente que podían votar para pedir lo que querían, y conseguirlo sin esfuerzo, sin sudor, sin lágrimas.
 


Una chica le dijo algo bruscamente:
mi madre dice que la violencia nunca resuelve nada.
¿Qué no? Dubois la miró furioso. Estoy seguro de que los padres de la ciudad de Cartago se alegrarían de saberlo. ¿Por qué no se lo dice a su madre? ¿O usted?
Ya se habían enredado si antes; como no podía suspender el curso, no era necesario dar coba al señor Dubois. Ella dijo;
¿se está burlando de mí? ¡Todo el mundo sabe que Cartago fue destruida!
Pues usted no parecía saberlo replicó él secamente. Puesto que lo sabe, ¿no diría que la violencia se influyó, y mucho, en su destino? Sin embargo, yo no me burlaba usted; solo expresaba mi desprecio por una idea estúpida e inexcusable, práctica que sigo siempre. A cualquiera que se acerque a esa doctrina históricamente falsa, e inmoral por completo, de que la violencia jamás resuelve nada, yo le aconsejaría que conjurar a los fantasmas de Napoleón Bonaparte y del duque de Wellignton, y les dejara discutirlo. El fantasma de Hitler podría ser el árbitro, y el jurado bien podría formarlo el dodo, la gran alca y la paloma silvestre. La violencia, la fuerza bruta, ha arreglado más cosas en la historia que cualquier otro factor, y la opinión contraria constituye el peor de los absurdos. Los que olvidan esta verdad básica siempre han pagado por ello con su vida y su libertad suspiró.

La génesis de esta sociedad fue el derrumbe de la nuestra por haberle rendido culto a la “mitología de los derechos naturales” de los individuos. Hay una feroz concepción positivista del derecho defendida en la obra de Heinlein, donde ni siquiera la vida humana es un derecho absoluto y solo hay derechos adquiridos a costa del precio de la responsabilidad social. 

Hay incluso una burla a los defensores de los derechos naturales del hombre, tildándolos de románticos en el mejor de los casos y de anticientíficos en el peor. 

La conciencia social es, entonces, algo adquirido en esta sociedad. Adquirido literalmente a base de golpes y castigos “extraordinarios”; conductismo watsoniano del más puro. La analogía brindada por el personaje de turno es, sencillamente, la de alguien que golpea un cachorro para enseñarle que no debe ensuciar dentro de la casa.

Si bien se menciona una tercera raza extraterrestre, llamada “los Huesudos”, es particularmente interesante la descripción de los principales antagonistas de los humanos: los insectos o “las Chinches”.

“Cuán eficiente puede ser un comunismo total si lo utilizan gentes adaptadas realmente a ello merced a la evolución. A los comisarios Chinches no les importaba más el perder soldados que a nosotros emplear municiones. Tal vez hubiéramos podido preverlo estudiando las derrotas que la hegemonía china infligió la alianza ruso-anglo-americana”.




Las chinches no son como nosotros. Esos pseudo arácnidos no son ni siquiera como las arañas. Son artrópodos que, por casualidad, se parece a la idea que tendría un loco de una araña gigante e inteligente, pero su organización, psicológica y económica, es más semejante a la de las termitas. Son entidades comunales, la dictadura definitiva de la colmena. Asolar la superficie de su planeta habría matado soldados y obreros, pero no habría matado a la casta de los cerebros y de las reinas. Dudo que alguien pueda estar seguro de que incluso un disparo directo con una bomba H matara a una reina; no sabemos cuánta profundidad están. Tampoco estoy ansioso por descubrirlo, pues ninguno de los chicos que bajaron por aquellos agujeros ha subido otra vez.
Entonces supongamos que destruimos la superficie productiva de Klendathu. Seguían teniendo naves y colonias, y otros planetas, como tenemos nosotros, y su cuartel general estaría intacto, de modo que, a menos que se rindieran, la guerra no había terminado. No teníamos bomba nova en aquella época, no podíamos hacer estallar en pedazos todo el planeta. Si aceptaban el castigo y no se rendían, la guerra debía continuar.
Si es que ellos pueden rendirse…
Los soldados no. Sus obreros no saben luchar (y se pierde mucho tiempo y municiones matando obreros que no dicen ni pío), y su casta de soldados no sabe rendirse.
Sus armas personales no son tan pesadas como las nuestras, pero si igualmente letales: tiene un rayo que penetra el traje acorazado y saja la carne como si con huevo duro, y cooperan entre ellas incluso mejor que nosotros…, Porque el cerebro está pensando por toda una escuadra no estaba donde uno puede alcanzarlo, sino allá abajo, en uno de los agujeros.
Casi todo el mundo sabía más del desarrollo de la guerra que nosotros, aunque estuviéramos metidos en ella. Por supuesto, eso ocurría después de que las Chinches hubieran localizado nuestro planeta a través de los Huesudos y con sus incursiones hubieran destruido Buenos Aires, transformándolos «problemas de contacto» en una guerra declarada, pero antes de que hubiéramos reunido las fuerzas, y antes de que los Huesudos se hubieran cambiado de bando, convirtiéndose de hecho en nuestros cobeligerantes y aliados. Una interdicción para la Tierra, efectiva en parte, había sido establecida desde Luna (nosotros no lo sabíamos), pero, hablando en términos generales, la Federación Terrena estaba perdiendo la guerra.
Las Chinches ponen huevos. Y no sólo los ponen, sino que los retienen como reserva de los incuban cuando los necesitan. Si matábamos a un guerrero, o a mil, o 10,000, los que debían reemplazarles eran incubados y puestos en servicio casi antes de que nosotros volviéramos a la base.
Cada vez que matábamos mil Chinches a costa de un I. M. (infante móvil) era como una victoria para ellos. Nosotros aprendíamos, ¡y a qué precio!, Cuán eficiente puede ser un comunismo total si lo utilizan gentes adaptadas realmente a ello merced a la evolución. A los comisarios Chinches no les importaba más el perder soldados que a nosotros emplear municiones. Tal vez hubiéramos podido preverlo estudiando las derrotas que la hegemonía china infligió la alianza ruso-anglo-americana.



¡Deseábamos recuperar a los prisioneros!
Según la lógica severa del universo, quizá eso parezca una debilidad. Tal vez alguna raza que no se moleste en rescatar a uno de los suyos explote esa característica humana para borrarnos del universo. Los Huesudos apenas cuentan con esa característica, y las Chinches no la conocen en absoluto, al parecer. Nadie ha visto jamás que una Chinche acudiera en ayuda de un camarada herido. Cooperan perfectamente en la lucha, pero abandonan a sus unidades en el instante en que ya no les resultan útiles.
 
Las Chinches, una sociedad con mentalidad de colmena donde no existía la individualidad y los soldados eran, literalmente, controlados por la casta de cerebros se menciona varias veces relacionada con el comunismo. 

Estos soldados descerebrados y con menos valor para sus dirigentes que una bala para los bravos soldados de la Federación (que tal como se resalta varias veces, eran hombres libres que luchaban porque tenían suficiente conciencia social para desear hacerlo) presentan el último condimento de la obra de Heinlein: la crítica al comunismo.

Si los soldados van a matar comunistas, que al menos sean insectos extraterrestres. Es imposible sentir simpatía por ellos, mucho menos misericordia.

La sociedad de la obra es, entonces, una sociedad que surgió de las cenizas de la democracia gracias a los veteranos de la guerra que tomaron el poder. Desechando las corrientes humanistas por ser “anticientíficas” construyeron un corpus de doctrina con pilares como el maltusianismo, el conductismo y el positivismo del derecho para justificar una sociedad militarizada donde los civiles son pobres idiotas que despiertan apenas simpatía. Esta sociedad avanzada es el último bastión del universo en contra de una sociedad imperialista de insectos que arrastran el comunismo en su genética; ni siquiera pueden elegir vivir de otra manera. Seguramente, si Heinlein les diera la posibilidad, preferirían ser como nosotros. 

"Y oí la dulce voz de soporte: «… Para gloria eterna de la infantería brilla el nombre, brilla el nombre de Rodger Young» y yo deseaba tanto dirigirme hacia allí que casi sentía el deseo en todo mi cuerpo".

Sin otro particular,
Mr. Nemo

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